el descubrimiento de un mundo

Es raro. Mamá era una gran tejedora. Sin embargo, la lana era solo el
material con el que hacía pulloveres para mí, las colchas para las cunas de sus
nietos. Más que la lana, recuerdo el tic tic de sus agujas, su mirada atenta, el
modo en qué movía la boca contando los puntos.
Entonces te escribo a vos, a la lana que conocí por primera vez hace tan
poquitos años. Mi primer encuentro con vos fue en una mercería de Tigre: ahí
había una lana rara, sin hilar, pregunté y me dijeron que era vellón. Me dijeron
que se trabajaba con aguja. Me gusto el tacto, me pareció que podía curiosear
y me compre lana y agua. La aguja se rompió enseguida, nadie me había
explicado cómo usarte. Entonces inventé, hice varias piezas (una de dos
metros!) enrollándote en ramas. Usé clavos, hilo de cobre, rafia, hilo de
almacén. Te estaba lastimando y a la vez suturando heridas del alma. Se llamó
El Dolor, y son 6 cuerpos lacerados y cosidos. No me acuerdo bien cómo llegué
a saber más. Sobre el agua y el jabón. Sobre la aguja. Todo con vos fue rápido,
me resultabas tan natural, como si fueras un destino, como si te hubiera estado
esperando.
Pero fue después, cuando empecé el taller con Patri, que empezaste a
ser otra cosa. Te fui descubriendo. Primero fueron las manos. Pero no fue
enseguida que empecé a saber todo sólo con tocarte. Apareciste con toda tu
fuerza cuando el lonko me regaló la lana sucia. Me ofrendó un mundo: el
universo de un paisaje desértico, la historia de un pueblo resistiendo, me regaló
algo así como mi primera oveja. Ahí llegó el olor. Porque el olor de la lana sucia
sin lavar te marea. Mi maestra me dijo que le da náuseas. A mí me embriagás y sos
oveja. Ahí empecé a hablarte. El tacto y el olfato, todo puesto en vos. Y fue ahí
cuando apareció la imagen de mi viejo, el campesino. ¿Habrá sido pastor? ¿Te
habrá acariciado y olido como yo? No lo voy a saber, pero me gusta imaginar
que sí. A través tuyo llego al universo campesino que también me pertenece.
Lo invento, o no. Vos estás ahí. Como si susurraras a través de la historia. Un
terremoto de olor.
Un dia llegó Sole, entró a casa y dijo “aquí están mis ovejitas”. Olió “sus
ovejitas” antes de llegar al patio donde yo había empezado a lavar la lana
sucia. Y fue la felicidad. Sole me enseñó a lavarte, a sacarte la mugre, los
abrojos, los coágulos. Una y otra vez en el agua. ¿Ves señora?, tenés que
hacer así. Esto no sirve, esto sí. Y yo seguía lo que su voz me decía, lo que
sus manos me mostraban. Las patas casi no sirven, todo está lleno de
suciedad que no se despega. ¿Y ves cómo el lomo es hermoso? ¿El pelo más
largo? Y yo te veía en sus manos y en su voz. Sole la pastora. Sole que llevaba
sus ovejitas por la montaña salteña. Sole que hilaba la lana, que teñía lana
hilada con su mamá. Mi Sole pastora. Sole tiene una sonrisa que cubre el
mundo.
Ahora sé acariciarte, se olerte, zamarrearte. Te hablo. Te llevo más allá
de vos hasta hacerte otra cosa. Hasta hacerte NO lana. Un universo hecho
para violentarte y probarte en otros territorios. Con arcilla, con parafina, con
cera. Parece que siempre puedo llevarte más allá de vos. Sacarte de tu origen
y empujarte a lo desconocido, ahí donde me gusta habitar. Siempre un poco
más allá. Ya no sos material, es decir, fuiste dejando de ser el material. Sos
cosa otra, no sé exactamente qué. No sé si quiero saberlo. Me encanta no
saber e ir un poco más allá, llevarte conmigo. Vos ya no sos vos. Yo tampoco.
Y nos miramos en ese amor, y nos desconocemos en ese amor.



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